Sarmiento y Leonardo Castellani. “Siempre En Guerra”. Guillermo Gagliardi

LEONARDO CASTELLANI (1899-1981) ha  convocado en sus escritos al urgente estudio de la vida y obra de DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (1811-1888).
Debemos desechar la marea  simplista de elogios huecos. “Es un caso bravo, pide estudio”.


Uno y otro  han marcado su espacio histórico, en la Literatura y en la Política, indóciles a moldes y clasificaciones. Orejanos del Intelecto.
-“Luchador genial y un gran hombre de mando”. Don Domingo, especialmente, se “sarmientiza” cuando muestra su alma gaucha y niña. Se argentiniza y se humaniza. El Padre Castellani ha captado como pocos las líneas basales de la Mística sarmientesca: el racionalismo incompleto, la esencia bélica e hispánica de su figura impresionante. Ha percibido el Yo napoleónico y el nietzscheanismo del “montonero de la  República de las Letras”.  Éste, siempre sin tapujos, y a veces deslenguado,  lo reconoce en un texto clave para advertir su peculiar psicología:
“Desde la temprana edad de quince años he sido el jefe de mi familia”, “todo me ha estado subordinado, y esta dislocación de las relaciones naturales, ha  ejercido una influencia fatal en mi carácter” (Introducción a “Mi Defensa”, 1843, en el tomo 3 de sus Obras Completas, ed. cit.).
“Jamás he reconocido otra autoridad que la mía”. “Todos los días irrito susceptibilidades y crío deseos de encontrar en mi conducta acciones que me denigren”.
“Seré como soy y nada más”.
Nuclearmente castizo y criollo. Alma de Hércules benefactor.
-Los errores que le contabilizan escrupulosamente los enemigos,  los anti-sarmientistas, han obedecido, obedecen…, a enconos circunstanciales, a resentimientos diversos, al iracundo “veneno de la pasión política”.
Los ditirambos y maldiciones , su angelización por unos, su demonización por otros, no nos han de alejar de una gran tarea de todo argentino inteligente: “definirlo” responsable y concientemente. Mensurarlo y evaluarlo. A ello, no poco, nos insta corajudamente el Padre Castellani.
-Don Domingo, aun muy joven, en 1833, se definió en carta a Juan Bautista Alberdi (1810-1884, diferente de él, como Lutero de Calvino): “una especie de independencia, de insubordinación que hace que no respetemos mucho lo que la  preocupación y el tiempo han sancionado”.
“Me curo poco de la opinión de los demás” le escribe a  su amigo el tucumano José Posse (en 1845, en su extenso y rico “Epistolario” ed. Museo Histórico S., 2 ts.).
Ostentaba un Yo pugnativo y cerril. “Don Yo”:
“Antes de todo, en todas las transacciones de la vida pública y privada, quiero ser yo, siempre yo, tal como la naturaleza me ha hecho, y no deformado por las presiones exteriores”, le confiesa a Bartolomé Mitre (el prestigioso político y mejor  literato, 1821-1906) en 1852.
Conforme con el juicio castellaniano, deducimos que las “hagiografías” al uso, supuestamente escolar-popular,  lo empequeñecen; hay que “ensanchar mucho la cabeza” para comprenderlo.
Sus notorios defectos lo humanizan ante la posteridad. Ya en vida fue un mito, eólico y fluvial (y orográfico), pues simboliza al tempestuoso Zonda, a los ríos americanos, fertilizantes y gigantescos, como las montañas nativas.
Ofició de Júpiter tronante en el Congreso Nacional, siempre con “los puños llenos de verdades”, el ceño y el ademán, crispados frecuentemente. Franco y hasta brutal en su lengua hablada o escrita. Orador, polemista temible.
-Sarmiento y Castellani demuelen a manotazos, exorcizan toda  hipocresía y construyen el Bien.
“En este país donde no hay una hora de reposo, en que se cambia de escena diariamente, de teatro, de personajes y de decoraciones, yo he conservado una cosa, y es la fe en que yo digo la verdad y en que soy honrado”.
“Puedo hablaros con la franqueza de un hombre de corazón que sólo dice lo que siente”.
Estos pensamientos han guiado al sacerdote escritor para su revisión y reinvindicación lúcida del prócer desde lo más hondo de su espiritualidad.
En su estudio sobre Jacques Maritain (el filosófo y escritor tomista, 1882-1973) en la revista “Sur” (agosto 1936), alude y cita al sanjuanino, a propósito del diabolismo de la vida política y los principios puros de la vida “teorética”. Y aproxima el vitalismo del filósofo de “Los Grados del Saber” y “La filosofía moral” al de nuestro maestro-político. Simbolizan éstos, en el entendimiento del autor de “El nuevo Gobierno de Sancho” (1942),  su idea activa del Sabio y del Estadista respectivamente:
“Corazón de león presto a la lucha
que en la arena no huye sino ataca.
Gladiador insumiso y doctrinario.
Al enemigo hiere o acobarda,
que es certero el filo de su Idea”.
Así canta la poeta tucumana Selva Insúa, en concordancia con  esta figura. El alma leonina, la inteligencia soberbia y el valor de la lucha de Leonardo y Domingo se  retratan ajustada y poéticamente en esta evocación..  Luce, candente, la impronta indeleble de sus mensajes. Su fragmentarismo, sed enciclopédica, inclaudicable ansia de hacer, de peregrinar divulgando y concretando sus Ideas. Su componente fáustico acriollado. Su santo deseo de mejorar a sus  connacionales.
Uno es el hombre peleador  contra la Barbarie y el amor Iluminista por la Educación Republicana. El otro, se ha “propuesto amar al prójimo…, vivir en un furor permanente contra los errores religiosos y filosóficos que han arruinado la Argentina…” (en su “Canciones de Militis”, cito por 3ra. ed., 1978).
“Yo soy un hombre que está en guerra”.  Se definió nuestro cura-escritor. Y parece también el lema de acero de nuestro  Faustino.
Sus escritos han sido habitualmente “una pedrada al avispero, y las avispas no perdonaron” (L. C. en su “El ruiseñor fusilado”). Lo enunció Sarmiento:
“Este hábito de triunfar de las resistencias, de mostrarse siempre superior a la naturaleza, de desafiarla y vencer, desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia individual y de la superioridad” (en 1845, en su “Facundo”).
-“Sarmiento, que por momentos fue un iluso, pero nunca fue un tonto ni un perverso”, se “alzó como un león” contra la Inmoralidad y el Nepotismo, lo defiende el sacerdote. Aquél experimentó lo que éste cuenta:
“Mi tío decía que todo aquel que hoy día se siente llamado a servir a la patria debe saber que va a servir a la cosa más desagradecida que existe en el Universo y con todo eso debe marchar lo mismo”.  
En su “Reforma de la Enseñanza” (1939, cito por 3ra. ed., Vórtice, 1993; capítulo “Catilina en la Argentina”), observa magníficamente nuestro padre-cuentista que :
“Grandes talentos los hemos tenido, pero son en general bárbaros, crudos, irregulares”. “Sarmiento, por ejemplo, como escritor, es un soberano salvaje, el mayor prosista quizá que tenemos en el sentido del ímpetu y de la pujanza”.
-La prosa leonardesca nos conmueve, nos compromete. Es intensa y estimula a pensar, a tomar posición. Exige esfuerzo por su vocabulario y su sintaxis peculiares.
Don Domingo y el Padre Leonardo representan a nuestros Mayores Criollos.
Suscitan beligerancia de pensamiento y acción militantes.
Encienden las voluntades y los entendimientos nacionales.
Percibimos en ellos, juntamente, su agresiva valentía  ciudadana, sus punzantes opiniones, su inusual heterodoxia iluminada.
Casi no soportamos su ausencia carnal, pero advertimos su significación  energética, de alto voltaje, para nosotros.
Definitivamente, Castellani ha pronunciado los juicios más lógicos y exactos sobre el autor de “Educar al Soberano”.
Y también,  en sus exégesis centrípetas,  lo ha desmitificado, “sarmientizándolo”.
En consecuencia, tengamos muy en cuenta,  que el Sísifo cuyano fue  sobre todo un Maestro Cristiano, un Político Religioso, devoto de su función Dignificadora.
Y que le ha concedido excepcionalmente, altura Bíblica a la Magistratura del poder Ciudadano. Y la vivió sacerdotalmente, sacramentalmente, hasta el “Martirologio”.
 Hombres Cruciales en nuestra Historia, en sus aspectos  político, literaria, educativa…
Grandes en el saber y en la Esperanza.
Nuestra Memoria los santifica, pues supieron transformar la adversidad espinosa en experiencia vital enaltecedora para sus coetáneos y para nosotros, su posteridad, sus discípulos.

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