Sarmiento estuvo presente en la inauguración del primer Teatro Colón, en Abril de 1857. El mismo, estaba situado frente a la actual Plaza de Mayo, donde hoy se encuentra el Banco Nación.
El primer Teatro Colón
Con la inauguración del Nuevo Teatro Colón a principios del Siglo XX (1908), ese mismo edificio pasó a ser la Casa Central de Banco Nación , hasta su demolición en 1954.
Sarmiento presenció una opera de Verdí, y un público poco feliz ante tal magnífico acontecimiento. Dijo:¨…Montevideo fue más feliz el día de la apertura de su teatro¨. Obras Completas, Tomo XXIV, pg. 188.

Foto del interior en la época del Bco. Nación
Texto de Sarmiento:
EL TEATRO COLÓN. (El Nacional, 27 de abril de 1857.)
La apertura del Teatro Colón, nos ha dado una muestra de lo que se prepara en las combinaciones de ciertos políticos. ¿Qué importa satisfacer el contentillo público al elegir un gobernador? Basta que el electo sea uno que no desagrade a nadie, que prometa no resolver cuestión alguna, que asegure la paz pública. ¿Qué más puede apetecerse?
En realidad nada. El día de la elección llegará y un gobernador será proclamado. Nadie estará descontento; pero nadie sentirá satisfacción ni entusiasmo. Al otro día principiarán asentirse los efectos.
Una inmensa concurrencia se había agolpado el sábado a ver la que sabía maravilla de gusto, de suntuosidad y de confort en el Teatro de Colón. Llenos estaban los palcos de la sociedad más elegante, ocupadas todas las cómodas y lujosas butacas, rebosando la cazuela de cuanto hay de fresco en damas y señoritas, relleno el paraíso de hombres de todas condiciones. Dos mil personas se veían por la primera vez reunidas en Buenos Aires dentro de uno de los primeros teatros de América, inferior sólo a los de algunas capitales de Europa, superior en elegancia a la mayor parte de los teatros del mundo. El lujo de los adornos era tal cual se había anticipado; la araña central una maravilla del arte moderno; las decoraciones de una grandiosidad regia. Tamberlick estaba admirable a más de ser Tamberlick.
El público que presenciaba este espectáculo, pasaba sin transiciones de las pocilgas de los teatros Argentino y Victoria, a que estaba habituado, a instalarse en un teatro europeo, costosamente construido felizmente sucedido, y sin embargo este público casi elevado a las altas regiones de la cultura a que en verdad ha llegado, se ha mostrado tranquilo espectador de tantos objetos que debieron arrebatado. Estaba satisfecho, pero no entusiasmado. No había esa alegría pública que se revela por el murmullo de las conversaciones, pero los aplausos frenéticos por el ir y venir inquieto de la excitación del ánimo.
Interior Bco. Nación – Antiguo Teatro Colón – Foto gentileza Bco. Nación
Cuando un feliz establecimiento exalta el ánimo público, los indiferentes son amigos; la lluvia si sobreviene es una fiesta, las incomodidades, la estrechez, asunto inagotable de bullas y desahogos del buen humor. Cuando algo pasa sobre el espíritu público, por el contrario, se reconoce que el aspecto del teatro por ejemplo es imponente; pero se nota que la araña que lo ilumina está muy alta, y el incidente pasajero eclipsa lo que es fundamental. Un poco de polvo inevitable, deja más duradera impresión que los bronces cincelados, las alegorías del plafond, las decoraciones de Giorgi, la canción nacional cantada por Tamberlick, el conjunto en fin de grandes y bellas cosas que no tenían ni parangón ni antecedente. El sábado estuvo lleno el teatro, el domingo no había la mitad de la concurrencia; pero sí una redoblación de frialdad y de indiferencia. Se habría creído que todos los asistentes están habituados desde la infancia a ver teatros como el de Colón, O que el teatro tiene ya dos años de existencia. Atribúyese esto al doble precio de la segunda función. Error; Talberg pidió triples precios por sólo oído, y no hubo en ocho días lunetas disponibles. La causa venía de más lejos, y de haber descuidado satisfacer ese pobre contentillo del público, que no puede definirse en qué consiste en política o en espectáculos, y sin embargo de ello depende el éxito de todas las cosas. Sin ese contentillo las elecciones que trajeron agitado al país por meses, asustados a los agentes extranjeros, o tuvieron en expectativa inquieta a los Estados circunvecinos pueden dar al parto de los montes una rata. Sin ese contentillo los millones gastados en el Teatro Colón, los sacrificios y mortificaciones que a sus empresarios cuesta, las maravillas de arte que lo decoran, los talentos que lo sirven, la novedad de una grande obra, todo da por resultado una segunda función desierta.
La causa está más arriba de dinerillo economizado. Es que el suntuoso Teatro de Colón ha sido abierto, pero no inaugurado. Se ha sorprendido al público con la noticia, de la noche a la mañana, de que se daba función a la noche. Hasta las tres de la tarde nadie sabía si alegrarse o temer, y no hay pasión que resista a estos baños rusos de calor y de frialdad, de felicidad y de descontento. No se ama o se aborrece a la voz de mando. Nadie estaba para ello preparado, y cada uno corrió a procurarse una entrada, bajo la impresión del disgusto y de la sorpresa.
Tan de carrera anduvieron, que no se había iluminado, ni embanderado el edificio. Una música militar no había agitado todavía la atmósfera al aire libre para anunciar que aquel día lo era de contento para Buenos Aires; y cuando los palcos y plateas empezaron a llenarse, la comisión directiva y la empresa explotadora supieron con asombro común y recriminaciones respectivas, que el gobierno no había sido invitado a solemnizar con su presencia la inauguración de la más bella de las obras terminadas en su período.
Pero no era esto todo. Las desavenencias entre empresarios habían trasmitido al público las emanaciones de todo mal moral. Burlaos si queréis del contentillo público. Ahí están los resultados. Nada ha faltado a la apertura del teatro, y todo ha correspondido y sobrepasado a la expectación pública; pero faltaba el contentillo y el teatro estuvo desierto la segunda noche y todos los alegres cálculos disipados como humo. Ojalá que no tengan más mortificaciones que esta muy pasajera por cierto, los que guiados por la idea de lo positivo, madrugan para que amanezca más temprano.
Montevideo fue más feliz el día de la apertura de su teatro.
Las familias se abrazaban en sus palcos; los ciudadanos se daban la mano en
señal de contentamiento; el pueblo se arrellanaba con satisfacción en sus duros bancos; y los espectadores todos tomaban sus posiciones respectivas, a falta de espectáculo para oír una música de viento, que llenaba el recinto con su alegre bulla, a que respondían dulcificados los ecos de corazones conmovidos por el placer. Para Montevideo la apertura del teatro nuevo era un fausto acontecimiento. Para Buenos Aires, ni una novedad ha sido. Y Montevideo no es Buenos Aires, en achaques de espíritu público, ni el teatro de Solís vale artística ni pecuniariamente el de Colón. Mañana hablaremos de esto.







