La primera carta de Sarmiento

Hemos encontrado una carta del 22 de agosto de 1828, que sería la primera carta conocida de Sarmiento.

A.A.H.S.J., Libro 114, Folio 89

Militar y prisionero.

Las incursiones de Quiroga en San Juan y en otras provincias vecinas, realizadas desde su base de operaciones ubicada en Los Llanos, al sur de La Rioja, así como la acción de otros caudillos de montoneras en distintos puntas del país, generalizaron el desorden, la anarquía y la guerra civil en el territorio argentino.
En una de esas correrías de Facundo Quiroga, el gobernador de San Juan resolvió convocar a la guardia cívica, lo que no fue otra cosa que ordenar una especie de leva de hombres para destinarlos a las fuerzas del riojano. En esa oportunidad, 10 de junio de 1828, Sarmiento fue nombrado, a los 17 años de su edad, subteniente del batallón de infantería provincial.

Sarmiento se negó a aceptar esa designación. Este hecho los relató dos veces, la primera en 1843. ¨Era comerciante el año 28, y demasiado joven todavía, no me interesaba el movimiento de los partidos, cuya existencia ignoraba. Tomás Paine y la Revolución de los Estados Unidos que cayeron en mis manos por ese entonces, me hicieron ocuparme de los principios constitutivos de los gobiernos, y de los derechos de los gobernados; pero todo esto era teóricamente y sin aplicación ninguna a mi país. No obstante mis resistencias, fui hecho alférez de milicias, y a la segunda guardia que monté, dirigí al gobierno un oficio pidiendo mi exoneración de aquel servicio, con cumplimientos tales que me llevaron redondo a un calabozo y sirvieron de cuerpo de delito a una causa criminal. Luego me hicieron conocer que había cometido una indiscreción; pero yo sostuve mi posición sin mengua, y el gobierno tuvo que abandonar la causa, porque el partido liberal que le hacía una terrible oposición, halló en este asunto un arma para atacarlo. Entonces quise profundizar la fisonomía política de los acontecimientos, me informé de las tendencias y objeto de los partidos, y no me fue difícil escoger el que me convenía. Veía en uno a los viejos retrógrados, a los antiguos godos, y a los gauchos ignorantes; en otro a los jóvenes, a los antiguos patriotas y a los que abogaban por la libertad. Nada más necesitaba, fui unitario desde entonces¨ (III-20-1843).
Luego relató este hecho en 1850: ¨Era yo tendero de profesión en 1827, y no sé si Cicerón, Franklin o Temístocles, según el libro que leía en el momento de la catástrofe, cuando me intimaron por la tercera vez cerrar mi tienda e ir a montar guardia en el carácter de alférez de milicias, a cuyo rango había sido elevado no hacía mucho tiempo. Contrariábame aquella guardia, y al dar parte al gobierno de haberme recibido del principal sin novedad, añadí un reclamo en el que me quejaba de aquel servicio, diciendo: “con que se nos oprime sin necesidad”. Fui relevado de la guardia y llamado a la presencia del coronel del ejército de Chile, don Manuel Quiroga, gobernador de San Juan, que a la sazón tomaba el solcito, sentado en el patio de la casa de gobierno. Esta circunstancia y mi extremada juventud, autorizaban naturalmente el que, al hablarme, conservase el gobernador su asiento y su sombrero. Pero era la primera vez que yo iba a presentarme ante una autoridad, joven, ignorante de la vida y altivo por educación, y acaso por mi contacto diario con César, Cicerón y mis personajes favoritos; y como no respondiese el gobernador a mi respetuoso saludo, antes de contestar yo a su pregunta: “¿Es ésta, señor, su firma?”, levanté precipitadamente mi sombrero, calémelo con intención, y contesté resueltamente: “Sí, señor”. La escena muda que pasó en seguida habría dejado perplejo al espectador, dudando quién era el jefe o el subalterno, quién a quién desafiaba con sus miradas, los ojos clavados el uno en el otro, el gobernador empeñado en hacérmelos bajar a mí, por los rayos de cólera que partían de los suyos, yo con los míos fijos, sin pestañear, para hacerle comprender que su rabia venía a estrellarse contra un alma parapetada contra toda intimidación. Lo vencí, y enajenado de cólera, llamó a un edecán y me envió a la cárcel. Volaron algunos a verme, entre ellos Laspiur, hoy ministro, y que me tenía cariño, quien me aconsejó hacer lo que él ha hecho siempre, cejar ante las dificultades. Mi padre vino en seguida, y contándole la historia, me dijo: “Ha hecho usted una tontera; pero ya está hecha; ahora sufra las consecuencias, sin debilidad”. Siguióseme causa, preguntóseme si había oído quejarse del gobierno, respondí que sí, y a muchos. Preguntado quiénes son, respondí que los que han hablado en mi presencia no me han autorizado para comunicar a la autoridad sus dichos. Insisten, me obstino; me amenazan, sácoles la lengua; y la causa fue abandonada, yo puesto en libertad, e iniciado por la autoridad misma en que había partidos en la ciudad, cuestiones que dividían la República, y que no era en Roma ni en Grecia donde había de buscar yo la libertad y la patria, sino allí, en San Juan, en el grande horizonte que abrían los acontecimientos que se estaban preparando en los últimos días de la presidencia de Rivadavia. Hasta la casualidad me empujaba a las luchas de los partidos que aún no conocía¨ (III-134-1850).
Guillermo Guerra dice algo bastante cierto sobre la influencia de sus familiares para lograr la liberación de Domingo. ¨Cara le habría costado su altivez a Sarmiento si no huibieran mediado en su favor los Oro, pudientes en el ánimo del gobernador, como que uno de ellos, don José Antonio, era su Ministro. Gracias a las influencias, Quiroga consistió en hacerse desentendido del asunto y Sarmiento fue puesto en libertad tras una corta prisión¨(1).
Manuel Gálvez pone en duda este relato, y dice: ¨en fin, lo importante es que este suceso acaba de afiliar a Domingo en el bando unitario. Esta decisión de Domingo de incorporarse al unitarismo eonstituye para él, para los suyos y para el país un trascendental acontecimiento¨ (2).

¿Mentira o exageración de Sarmiento?
El nombramiento del 10 de junio de 1828 y el rechazo de Sarmiento generaron un gran debate, sobretodo después de que se conoció un documento que desmintió sus  dichos.

Se encontró una carta en donde Domingo se retractó ante el gobernador Quiroga del Carril. Vale la pena transcribir toda esta carta, del 22 de agosto de 1828, que le envió al mandatario: ¨Excelentísimo señor gobernador: El subteniente de la segunda compañía que suscribe, ante V.E., con el debido respeto, se presenta y dice que ha sentido en el mayor grado el motivo del desagrado que ha causado a V.E. el oficio que le ha dirigido y que ha dado motivo a su prisión. El no estar inteligenciado en el modo como un oficial subalterno debe exponer sus quejas al Superior Gobierno, ha sido la causa de haber incurrido en esta falta. Él había debido presentar a V.E. un memorial en que, significándole su situación, le pidiera el ser eximido de este empleo, que, aunque honorífico, lo pone en el caso de perder e1 único medio que tiene de subsistir y socorrer a su pobre familia; pero habiendo omitido este paso, le queda el recurso de suplicar a V.E. se digne dispensarle el paso dado, y excusar las providencias a que él ha dado lugar, reservándole el hacer conforme su solicitud a V.E. en oportunidad; por tanto, pide que hecho cargo de su súplica se sirva sobreseer en su causa, que es gracia que espera conseguir. Domingo F. Sarmiento¨.

 

Este documento se publicó en Anales del primer Congreso de Historia de Cuyo (3), con glosas que intentan presentar a Sarmiento como embustero, por ser diferente la versión de Recuerdos de Provincia. Dicho documento comprueba la puerilidad propia de la inexperiencia y las tribulaciones maternales que debieron dictarle esa solicitud, no infamante en sí misma. El joven Domingo pertenecía a una familia federal con tíos influyentes (uno de los Oro era el ministro), y ellos debieron haber arreglado el pueril asunto con el gobernador, por súplica de la madre afligida en esta primera aventura del hijo adolescente, irreflexivo aún.
Alberto Palcos dice que justamente por la redacción de la nota del 22 de agosto de 1828, ¨Domingo efectivamente observó una conducta temeraria frente al gobernador¨ (4).
Ricardo Rojas pone un manto de comprensión en la polémica: ¨Algo hay de cierto en este relato, pero Sarmiento exageró los hechos al contarlos tantos años después, equivocándose por de pronto en la fecha, pues ocurrió esto en 1828 y no en 1827 como él dice. No olvidemos que en 1828 Domingo era un insignificante muchachito de diecisiete años apenas, ignorante en política.
Sin embargo este documento fue aprovechado por sus detractores, desde Manuel Gálvez hasta Ramón Doll y Guillermo Cano, quiénes le dedicaron un folleto especial a esta polémica (5).
El cargo de embustero resulta ridículo aplicado a un hombre que fue temerario en la práctica de la verdad, y la versión de Recuerdos de Provincia sobre el insignificante episodio de 1828, se ha de juzgar teniendo en cuenta el énfasis de este libro escrito en el destierro con intención polémica, y sobre todo se ha de tener presente los sucesos de 1829, cuando el subteniente federal se convirtió en teniente unitario. Después de haber sido Presidente de la Nación y siendo ya general, Sarmiento escribió sus Memorias, que son definitiva recapitulación de su carrera militar, y en ellas desaparecen las jactancias de 1850 y ni siquiera se acuerda del bisoño subteniente de 1828. (XLIX-24).

1- Guerra, Guillermo, ob. cit., pág. 28.
2- Gálvez, Manuel, ob. cit., pág. 35.
3- Primer Congreso de Historia de Cuyo, realizado en 1937 en la ciudad de Mendoza, y luego se incluyó en Anales de esa asamblea, publicación de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza, TOMO VIII, PÁG. 184. Campobassi, José S., ob. cit., Tomo I, Pág. 85. El documento se encontró en el Archivo Administrativo e Histórico de San Juan, en el folio 189, libro 113, año 1828.
4- Palcos, Alberto, ob. cit., pág. 34.
5- Doll, Ramón y Cano Guillermo, Las mentiras de Sarmiento: por qué fué unitario, Buenos Aires, Ediciones del Renacimiento Argentino, 1939, de 27 páginas. Este folleto aporta un interesante estudio sobre la legitimidad de la medida tomada por Quiroga del Carril en el reclutamiento de tropas. No aporta mucho más.

 

 

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