Pocos buenos recuerdos tiene Sarmiento de su etapa como minero. Casi muere en las minas y su famosa sordera se la debe a esos años de penurias.

Mineros de Chañarcillo
Su tercera estadía en Chile
Sarmiento recordaba en 1850: ¨el triunfo de Quiroga en Chacón, que nos forzó en 1831 a emigrar a Chile, y a mí a pasar de huésped de un pariente en Putaendo¨ (III-139-1850). De ahí pasaron a Santa Rosa de los Andes, pueblecito hermoso, donde se iniciaban las rutas a Santiago y Valparaíso. Uno y otro tenían allí viejos amigos, por sus viajes anteriores a esa zona.
En Santa Rosa de los Andes, fue maestro, luego pasó a Pocuro donde alquiló un local y con unos muebles prestados, transformó la humilde morada en una escuelita, a la que concurrieron niños y adultos del lugar, e instaló, un bodegón. En 1833 resolvió abandonar todo y dirigirse a Valparaíso y se empleó en una firma mercantil.
De Valparaiso a Chañarcillo
De Valparaíso pasó, a los 22 años de su edad, en barco hasta Huasco. Huasco se encuentra más de 500 kilómetros al norte de Valparaíso, y a 110 kilómetros al sur de Chañarcillo (probablemente el camino pasaba por la población de Vallenar), camino a Copiapó, que se encuentra 50 kilómetros más al norte.
Dibujo del Puerto de Huasco, siglo XIX
Huasco, 28° 28´28¨S, 71°12´00¨
De Huasco probablemente pasó a Chañarcillo, región minera ubicada hacia el norte de aquel puerto, a la que llegó a fines de 1833. Había en ese sitio muchos emigrados argentinos que trabajaban en las minas, algunas de ellas de próspero rendimiento.
En Chañarcillo, al sur de Copiapó, Juan Godoy descubrió el famoso yacimiento de plata en 1832. En los años siguientes empezó una fuerte explotación de las ricas vetas. Tal vez encontraron plata en su forma pura o vetas de muy alta ley. Cerca de la mina se formó el pueblo hoy llamado Juan Godoy.

Chañarcillo, hoy Juan Godoy, (27°48´26¨S, 70°25´17¨O)
Estos son algunos recuerdos de ese lugar: ¨Chañarcillo, en un círculo de pocas cuadras, contiene a veces más de seiscientos (mineros), y los alzamientos con el manifiesto designio de saquear las faenas y cometer todo género de excesos, empiezan a hacerse tan frecuentes, no obstante la presencia del juez, que suele ser un militar con fama de valiente para que sea respetado, y del destacamento de línea que reside en la Placilla, para mantener el orden, que los mayordomos temen por su vida, y cada día se hace más contingente encontrar hombres de honradez y capacidad que quieran desempeñar aquel destino, amedrentados como están por el peligro continuo de sus vidas¨ (I-32-1841).
Veta La Corolada, Manto de Cobos
¨El pueblo campesino tiene sus cantares propios. La vidalita, canto popular con coros, acompañado de la guitarra y un tamboril, a cuyos redobles se reúne la muchedumbre y va engrosando el cortejo y el estrépito de las voces. Este canto me parece heredado de los indígenas, porque lo he oído en una fiesta de indios en Copiapó en celebración de la Candelaria; y como canto religioso, debe ser antiguo, y los indios chilenos no lo han de haber adoptado de los españoles argentinos. La vidalita es el metro popular en que se cantan los asuntos del día, las canciones guerreras: el gaucho compone el verso que canta, y lo populariza por la asociación que su canto exige¨ (VII-42-1845).
Sarmiento se empleó en la mina de plata La Colorada, que explotaba el general Nicolás Vega, su ex jefe militar en la batalla de Niquivil, quien le dio un puesto en la mina, y al cabo de dos años la ascendió a capataz.
Ruinas de Chañarcillo
¨Como a mi nacimiento se olvidó colocar entre las hadas que debían dotarme con sus dotes, entre otras, a la que distribuye la fortuna, la mina Colorada, de propiedad de mi general Vega, de que fui digno mayordomo, vistiendo el saco azul y el birrete colorado tradicional del minero, aguardó a que yo dejara mi alto empleo —alto, porque lo ejercía a quinientos pies debajo de tierra—, para dar un millón de duros en la primera quiebra de la veta en barra. En 1843, recién me pagó en Valparaíso, y cuando yo no los necesitaba, los pobres salarios que no podía antes del alcance, tan angustiada era su posición¨ (XLIX-72-1884).
Sarmiento, seguramente con una buena paga debe haber ido de vuelta a Huasco donde se hizo “tahur por ocho días” (III-138-1850), ya que en Chañarcillo no entraban las mujeres.
Cementerio de Chañarcillo
Sordera minera
¨El minero reside en medio de los áridos riscos que ocultan los veneros metálicos, por lo común a distancias muy largas de toda habitación humana, rodeado de una naturaleza salvaje y adusta, en las soledades de los cerros, cuyo silencio sólo interrumpen los prolongados y mil veces repetidos ecos que responden al estampido trémulo del tiro, conque hace volar los peñascos, y que en las hondas y tortuosas excavaciones de las minas, toma un sonido más pavoroso que el del cañón que se oye detonar a la distancia¨ (I-30-1841).
Sarmiento no tardó en ocupar una posición distinguida en la pequeña comunidad minera. Sus compañeros de trabajo le respetaban por su cultura. Los otros emigrantes le admiraban y escuchaban con atención sus ataques clara y elocuentemente expresados contra el régimen federal de Rosas en la Argentina.

La llegada del Tren
En 1845 el Presidente de la República legalizo el pueblo de Chañarcillo. En los tiempos mejores vivieron hasta 7000 personas aquí. Los problemas mas graves eran la falta de agua potable y el conducto general de algunos habitantes. Asaltos, robos de mineral y saqueos eran común en este época. En 1858 llegó la línea del Ferrocarril.
En 1858 llegó el tren a Chañarcillo
Miserable comida
Su nieto, Augusto, le oyó contar, ya viejo, que la ración diaria era la que cada uno podía alzar con ambas manos, de porotos secos, viniéndole bien sus “manazas de atleta para obtener una cantidad que saciara su robusto apetito”. Sin dudas esta miserable y monótona comida fue una tortura que siempre recordó: ¨…en 1833, la mayor parte de los comerciantes se mantenían con miniestras, siendo la carne un artículo no sólo carísimo sino raro: hasta 1844, no empezó a darse este alimento en las minas, donde los mineros se alimentaban exclusivamente con porotos, sin distinción de mayordomos ni administradores, concediéndose a las faenas una pitanza de cuatro onzas de charqui por persona los domingos¨ (X-213-1851).
Los Mineros; indomables y corrompidos mineros.
En este artículo Sarmiento describe a los mineros de Chañarcillo.
¨Hay en el seno de las sociedades americanas una clase excepcional de hombres con un traje, ocupaciones, ideas y costumbres peculiares. Las leyes que los rigen forman un código aparte, y su contacto con la sociedad ordinaria es menos frecuente que el del marinero, que baja a tierra en los intervalos de reposo que median entre las diversas expediciones de su bajel.
El minero reside en medio de los áridos riscos que ocultan los veneros metálicos, por lo común a distancias muy largas de toda habitación humana, rodeado de una naturaleza salvaje y adusta, en las soledades de los cerros, cuyo silencio sólo interrumpen los prolongados y mil veces repetidos ecos que responden al estampido trémulo del tiro, conque hace volar los peñascos, y que en las hondas y tortuosas excavaciones de las minas, toma un sonido más pavoroso que el del cañón que se oye detonar a la distancia. Privado de todos los goces de la vida de las poblaciones, sumido en las entrañas de la tierra, luchando con la naturaleza, marchando sobre abismos, donde a cada paso puede sepultarse, familiarizado por el peligro que le asedia a toda hora, y lejos del contacto de la mujer, que suaviza las penas de la vida, el carácter del minero participa de la naturaleza dura y sombría que le rodea, su corazón se niega y se cierra a toda emoción tierna, sus pasiones toman un tinte más fuerte, y su alma se embrutece y pierde toda su elasticidad.
Sus ideas en moral no son menos extrañas y singulares; y nada es más cierto, por más que ello parezca exagerado, que no tiene conciencia del robo, de que lejos de avergonzarse, se vanagloria allá entre sus compañeros, y aun ante sus patrones mismos, con tal que esté seguro de la impunidad. El robo de los metales preciosos, cualquiera que sea su cantidad y su valor, es reputado como una regalía, y como un gaje de su profesión. Familiarizado con la vista de los tesoros que explota para enriquecer con ellos a otro más afortunado, a quien sólo le cuestan diligencias judiciales — de un pedimento, y quien acaso ayer fue su compañero de trabajo, no se hace escrúpulo de participar con el convencional propietario de los bienes que la naturaleza prodiga a ciegas, y que sólo a él le cuestan sudores y fatigas.
Con un trabajo físico que sin exageración sobrepasa todo otro esfuerzo humano, contando siempre con su sueldo y sus gajes eventuales, y sin ninguno de los goces de la sociedad, necesita de conmociones fuertes para gustar la existencia, y el juego es por este principio su diversión favorita. Si por fortuna baja a las ciudades a recibir el precio de un futuro año de privaciones y trabajo, la embriaguez, las prodigalidades garbosas, y las debilidades compradas del sexo, le dejan en dos días exhausto de goces y de medios, encaminándose de nuevo a su faena, a someterse a la dureza del género de vida que allí se sobrelleva; pero que dulcifica por algún tiempo el recuerdo del brillante y momentáneo paréntesis que le ha precedido, y que hace un contraste tan fuerte con la monotonía normal de su existencia. Sus veladas las pasa reunido a sus compañeros en torno del fogón, que sirve de lumbre, refiriendo o escuchando historias tristes de asesinatos, en que no pocas veces se ha visto implicado, o bien deleitándose con los recuerdos de las orgías, en que se ha hartado de goces y de vino; porque todo aquello que en la sociedad es reputado criminal y deshonroso, se presenta a los ojos del minero con un ropaje menos repulsivo.
Carece de religión, y de ella no comprende sino muy vagamente algunas verdades muy triviales, pero intermezcladas con las supersticiones más absurdas y más groseras. Repetidas veces se ve al apir que avienta el trigo con que condimenta el alimento de que se mantienen los mineros, llamar al viento con un especial silbido, triste y misterioso; mirar en torno suyo, como si buscase un ente visible, repetir sus silbos, aguardar un momento, y continuar la tarea cuando se imagina que el aire obedece a su llamado. Más viva fe que en Dios mismo, tiene en la aparición de las almas, que suelen, en medio del silencio profundo de la noche, hacer rodar los desmontes, o dar el hondo y seco quejido con que el apir acompaña la descarga del capacho; y no hay un viejo minero que muchas veces en su vida no haya visto asomarse a la boca de una mina antigua, el fantasma de algún barretero que arroja afuera su herramienta, haciendo resonar los inmediatos cerros con el sonido plañidero de los hierros, y cuyos huesos se encuentran después en el fondo de una labor aterrada, por el desplomamiento del cerro que apretó al infeliz trabajador.
Con traje y habitudes especiales, tiene un fuerte espíritu de cuerpo que le adhiere tenazmente a sus usos y a sus compañeros, por quienes está siempre dispuesto a tomar parte, siendo rarísimo que alguno de ellos sea infiel a las doctrinas de su corporación, vendiendo un robo, o denunciando un complot criminal. Con una vida e ideas semejantes, el minero es un ser indomable, corrompido por principios y por hábito, no conociendo de la sociedad sino lo que tiene de más degradante e innoble. Disimulado, por la necesidad de encubrir sus diarias rapiñas, vengativo por la dureza de su carácter, no reconoce freno que contenga sus pasiones, una vez que las contradicciones del juego, la borrachera o la necesidad las irritan; y a cada momento está dispuesto a sublevarse contra todo obstáculo, seguro de encontrar solícito y cordial apoyo en sus compañeros.
Tal es el minero en Chile; pero especialmente en Copiapó, donde la riqueza pasmosa de los minerales, ha reunido millares de estos seres desgraciados y temibles a un mismo tiempo. Chañarcillo, en un círculo de pocas cuadras, contiene a veces más de seiscientos, y los alzamientos con el manifiesto designio de saquear las faenas y cometer todo género de excesos, empiezan a hacerse tan frecuentes, no obstante la presencia del juez, que suele ser un militar con fama de valiente para que sea respetado, y del destacamento de línea que reside en la Placilla, para mantener el orden, que los mayordomos temen por su vida, y cada día se hace más contingente encontrar hombres de honradez y capacidad que quieran desempeñar aquel destino, amedrentados como están por el peligro continuo de sus vidas.
La causa de los males que se experimentan, y de los más trágicos y alarmantes que pueden sobrevenir aún, viene de la profunda y sistemada inmoralidad de los mineros, de sus pasiones, agriadas por la dureza de la vida que llevan, del embrutecimiento que produce un trabajo penoso y sin mezcla de aquellos goces en que toma parte el corazón, y del cinismo que engendra el aislamiento, y la carencia de otros testigos de sus acciones que los mismos que las aprueban, porque están dispuestos y preparados para repetirlas. Muy diferente de un campamento de soldados, en que la disciplina, y la dependencia forzada y absoluta mantienen la moral y el orden, un asiento de minas es una verdadera democracia, en que el mayor número puede hacerse respetar de los pocos, que no ejercen sobre él influencia alguna, que son generalmente odiados, porque son sus fiscales, y que no tienen derecho de exigir otra cosa que el cumplimiento de las tareas a cuyo desempeño están obligados por su salario.
Mientras no se atenúen, pues, aquéllas en cuanto sea posible, los dueños de faenas pueden, y deben temer de un momento a otro una matanza o un saqueo. Los delitos pierden de su repugnante fealdad cuando son muchos sus perpetradores, la vergüenza y el remordimiento se subdividen hasta hacerse insensibles, y como antes se ha dicho, hay tal espíritu de cuerpo en esta familia, que se hace imposible encontrar entre ellos el origen de un crimen o un robo, haciéndose, como se hacen todos sus miembros, un deber profesional de repartírselo en proporciones iguales, por lo que es muy raro que se halle alguno que deseche voluntariamente su parte.
El remedio de males tan graves, no sería sin embargo muy difícil, si hubiese hombres demasiado filántropos, demasiado caritativos y humanos que quisiesen aplicarlo. Una sostenida instrucción religiosa y moral, la constante residencia de dos o más sacerdotes, animados de un celo piadoso y adornados de virtudes edificantes, bastaría a nuestro juicio para reducir en corto tiempo a estas almas indómitas, mejorar su suerte y asegurar la vida de muchos y las propiedades de los dueños de faena. Todos ganarían en ello; la civilización y la moral harían una conquista, y la religión salvaría algunos centenares de almas perdidas. En cuanto al mantenimiento de estos benéficos pastores, si los hubiese, los propietarios hallarían ahorro y ventaja en procurarlos; y las larguezas de los mineros harían abundantemente el resto. La religión fue siempre la maestra de las sociedades en su infancia, y la gloria del cristianismo consiste, no sólo en haber ofrecido al hombre la perspectiva de una dicha imperecedera, sino también en haber llevado la civilización a los extremos de la tierra, dulcificando las costumbres y sometiendo las pasiones. ¿Se habrá extinguido del todo en nuestro sacerdocio, el piadoso celo que arrastraba en otro tiempo al misionero cristiano a los bosques, a llevar la moral evangélica a los bárbaros feroces que los poblaban, presentando al mundo como el fruto de sus tareas, sociedades de hombres sometidos por ellos a los preceptos de la moral, que habían desconocido antes? ¿Se habrá entibiado aquella caridad sublime que le hacía buscar los trabajos y apetecer los peligros, para arrancar a la ignorancia y a la idolatría sus víctimas?¨.
Minería del siglo XIX
Ideas sobre minería
Sarmiento es considerado el presursor de la minería en Argentina.
Estas son algunas de sus frases sobre esta actividad. Pueden implicar alguna noción de Sarmiento sobre la distribución de la riqueza, y sobre medio ambiente.
¨El mineral es una gran propiedad común que toda la población explota a su manera y de la cual depende su existencia¨ (X-194-1845).
¨No son minas como las de Copiapó (las de California), que enriquecen a una veintena de propietarios, sin mejorar en nada la condición de la masa…¨ (XXIII-68-1849).
¨¿Cuáles son las causas que desfavorecen la producción chilena en los mercados? 1° Su oscuridad en el mundo comercial; en este punto como en tantos otros se necesita fama, casería; no se adivinan las cosas, se muestran, se enseñan. Un ejercicio notable ilustrará nuestra idea. En 1831 se descubrió en Copiapó un mineral de plata en el que había a superficie de tierra millones; el que llegaba podía ver, tocar, apropiarse parte de aquella riqueza fabulosa. ¿Acudió Chile entero a Copiapó? ¿Se despoblaron las costas del Pacífico atraídas por aquella riqueza? ¿La inmigración europea tomó aquella dirección? ¿Ocupáronse los diarios del mundo de esta codiciable novedad? No; hubo algún movimiento, algunos centenares de hombres acudieron y todo terminó ahí. En California se ha encontrado oro, y basta detener al primer gañán de Chile para preguntarle lo que sabe de California; lo sabe todo; sabe más que la verdad; cree en lo imposible, en lo fabuloso. ¿Por qué esta desigualdad de famas? ¿Por qué al mismo tiempo que se habla de California, no se habla en el mundo de las nuevas riquezas descubiertas recientemente y al mismo tiempo en Copiapó? ¿Cree alguien que dadas circunstancias iguales la inmigración se repartiría entre California y Copiapó? Es que detrás de California hay un nombre representante en el mundo de muchas ideas, Estados Unidos, y detrás de Copiapó hay otro que ni a la distancia ni de cerca dice nada al espíritu, a la imaginación, que no ha logrado todavía hacerse conocer suficientemente, Chile¨ (XXIII-68-1849).
¨¡Santo Dios, el fabuloso Dorado viene a realizarse a nuestra vista! Diez pesos por carga de tierra, donde se pueden extraer millones de millones de cargas, y lo que es más ¡sin perjudicar a la agricultura, ni a las poblaciones, ni a los pastos, ni excavar la tierra a grandes profundidades! Basta sólo ir con una mala mula o una carreta quebrada, cargar su poco de tierra y llevarla a donde le han hallado busilis, y recibir en cambio sendas onzas, libras, arrobas o quintales de oro¨ (I-182-1841).
La enfermedad y la vuelta a San Juan
En 1836, a los 25 años de su edad, Sarmiento cayó gravemente enfermo. No se supo jamás, con certeza, que mal padeció entonces. Se afirmó que fue un ataque de fiebre tifoidea. Pero él, en sus relatos, habló de un ataque cerebral. “En 1836 volví a mi patria arrancado de Copiapó por las órdenes, más bien que instancias, de mis paisanos, que temían que perdiese la razón, a efecto de una afección cerebral que me atacaba. ¡Mis padecimientos morales eran muchos y prolongados !” (III-24-1843).







