Confusión de Ricardo Rojas sobre la relación entre Domingo y Clemente Sarmiento

Un comentario de Ricardo Rojas, donde leyó mal un cita, trajo confusión sobre la relación de Domingo y su padre, repetido posteriormente por otros autores.

Ricardo Rojas

Ricardo Rojas, uno de los más importantes críticos literarios de nuestra historia, en su famoso libro El Profeta de la Pampa , dijo lo siguiente: ¨El marido (de Paula), en cambio, era buen mozo, pero fantasista y andariego. “No trajo en dote -dice el hijo- sino la cadena de privaciones y miserias en que pasó largos años de su vida”. El Dr. Narciso S. Mallea, su pariente, en el libro intitulado Mi vida, mis fobias, dice que en la familia causó disgusto Sarmiento por la forma excesivamente franca con que en Recuerdos de provincia habló de su padre¨ (Rojas, 1945: 24).

Pero Narciso S. Mallea no se refirió al padre de Domingo, sino al padre de su padre (su abuelo) Fermín Mallea.¨Mi padre, que fué hijo de Don Fermín Mallea, no careció de inteligencia, si bien era más bien apático. Refiere. Sarmiento en “Recuerdos de Provincia”, que su tío, mi abuelo, le dió muy malos ratos en su juventud, y que murió con sus facultades mentales alteradas a consecuencia de un pleito que tuvo con un protegido, el cual fué a la vez su socio en una tienda de su propiedad (1). Nunca oí hablar de esa alteración mental en mi casa, si bien que mi abuelo fué muy orgulloso y de carácter raro.¨

(1) Nota: Los hijos de Fermín Mallea nunca perdonaron a Sarmiento la desconsideración con que trata a su padre en “Recuerdos de Provincia”. De ahí surgió un enfriamiento en la relación de los hijos de Mallea con los Sarmiento Albarracín. Oí decir a mi padre como justo desahogo que siendo joven fué portador, en más de una ocasión, de onzas de oro que don Fermín hacía llegar a los sitios donde Sarmiento se ocultaba cuando era perseguido por el gobernador Benavídez¨ (Mallea, 1941: 9).

ÉSTO ES LO QUE DIJO DOMINGO, Y QUE TANTO ENFADÓ A LOS HIJOS DE FERMÍN MALLEA:

¨Don Fermín Mallea, a quien aludo en mis Viajes con motivo de las ruinas de Pompeya, tuvo el fin más desdichado. Su muerte, acaecida en 1848, la deben los tribunales de justicia, y un día han de pagarla en la ignominia de sus hijos, los jueces, escribanos, partidores, que fueron de ella causa; en ellos, en la común ignorancia, en la torpeza de los jueces, en las pasiones desenfrenadas que azuza, en lugar de contener, un sistema de iniquidad que trae escrito ya en la frente el crimen, encabezando todos sus actos con el sacramental mueran; que al lanzar el decreto, deja escapar como la baba del leproso, la injuria salvaje, inmundo, malvado… ¡Ah!, ¡la pagaréis en vuestros hijos, pueblos inmorales, víctimas degradadas que os hacéis cómplices del vicio que desciende de lo alto! Era mi tío Fermín de carácter áspero y de condición dura . Harto me lo hizo sentir en mi juventud; pero estas genialidades no alcanzaban a empañar algunas dotes de corazón muy laudables. Creó a su lado un dependiente, Oro de apellido, que era la dulzura por excelencia, y tan honrado y laborioso, que Mallea, en recompensa, hubo de asociarlo en su negocio de tienda que ambos a dos manejaban. Discurrieron los años, los negocios marchaban. Mallea distraía fondos para sus necesidades, y jamás una sola nubecilla turbó la armonía que resultaba de la extrema oposición de sus caracteres. Un día hubieron de balancear el negocio, y resultó que todo él pertenecía por cuenta de utilidades al dependiente. Mallea se mesaba los cabellos, echaba pestes, y negaba la evidencia; pero las cifras estaban ahí, matadoras, inflexibles. ¡El había sacado en diez años tanto, y el joven no había tocado nada! Y aquí de la tenacidad de Mallea. Del balance se pasó al contador, del contador a los jueces, y a los escritos, y de allí a la exasperación, las alcaldadas, y el pleito interminable. La naturaleza suave y amorosa de Oro no pudo resistir a tan dura prueba. Amaba entrañablemente a Mallea, y aquella tierna planta empezó a doblarse sobre su tallo marchito; a la hipocondría del ánimo, se sucedió la postración física, y a la enfermedad, la muerte; porque el triste murió de pena, de ver la injusticia que le hacía su patrón y protector. ¡Los médicos abrieron su cadáver y aseguran que le hallaron el corazón seco!
Mallea, en tanto que agitaba aquel malhadado pleito, un mes antes de la muerte del joven, había dejado de salir a la calle; hablaba a cuantos veía de su negocio, y a cada momento se le sorprendía abstraído, sacando una cuenta, cuyos números figuraba con el dedo en el aire. Los feudos y reyerta en las ciudades de provincia son, como todos saben, asuntos que glosan todas las mañanas los corrillos de comadres, – y bajo aquel sistema de gobierno, donde no hay vida pública, donde es bueno callarse sobre todo, las cuestiones domésticas ocupan la atención pública y llenan, en lugar de periódicos, debates, partidos, proyectos, noticias y leyes, los ocios de las personas más graves. La muerte del joven Oro conmovió hasta los cimientos la ciudad entera. Larga procesión de vecinos condolidos acompañaba al panteón el fúnebre carro, cuando cruje el rodado, rómpese, y es fuerza descender el féretro en la puerta misma del infortunado Mallea, que estaba a la sazón sacando afanado aquella fatal cuenta que lo traía confundido. La maledicencia se decía por lo bajo, con ojos espantados, de Dios!”, mientras que los jueces que habían con su inepcia traído este desenlace de una cuestión de cifras que no habían sabido aclarar en seis años, echaban plantas también de creer que hay una Providencia que castiga las malas acciones. Ya se ve, ¡el crimen allí no es crimen si lo comete el funcionario! El último resto de razón abandonó desde entonces a Mallea, y llorando día y noche, y borrajeando papel sin tregua, se fue desfigurando, carcomido por la duda, sacando su cuenta siempre por aclararla, aullando, cuando el llanto de sus ojos se había agotado, hasta que expiró después de un suplicio de muchos años, que hacían más agudo el amor y la estimación que conservaba por el joven que había mirado como hijo, y su propia honradez; pues que en todo este triste negocio, no hubo más que terquedad de carácter, y pasiones desbordadas, que no supo ni quiso refrenar la injusticia e ineptitud de los jueces¨.

SARMIENTO, OBRAS COMPLETAS, TOMO III, PG. 45.

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