Sarmiento escribió Mi Defensa en la cárcel

preso

Sarmiento preso (1843)

La polémica con Domingo S. Godoy (derivada de la polémica sobre la Monja Zañartu) lo llevó a la cárcel. En esas horas de angustia escribió Mi Defensa, un libro fundacional en literatura Argentina.

LA POLÉMICA DE LA MONJA ZAÑARTU Y MI DEFENSA*

Mauricio Meglioli

*(Publicado en la revista Todo es Historia, Nº 499, febrero de 2.009)

Dibujo: Bruno Nacif  (especial para Todo es Historia)

El presente trabajo recupera algunos textos de y sobre Domingo Faustino Sarmiento publicados en Chile durante un corto y difícil periodo de su vida: entre diciembre de 1842 y marzo de 1843. En medio de varias polémicas, surgió una muy despiadada sobre una monja de apellido Zañartu. Sarmiento molestó a parte del clero influyente de Chile y suscitó la reacción de la prensa ultra conservadora. Acudió a la justicia para salvar su honor; atacado, difamado y diezmado en cada rincón de Santiago, pero terminó preso. En esas horas comenzó a escribir Mi Defensa, considerada la primera autobiografía de un escritor argentino, de la que Adolfo Prieto dijo: ¨Consta, objetivamente, que Sar­miento exageró la situación. Ni la diatriba del periodista chile­no era tan violenta, ni él desplazaba tanta importancia pública como para reclamar sobre sí el interés de los lectores¨ (1). Luego de descubrir los siguientes textos me sorprendí en concluir todo lo contrario.

Sus primeros años en Chile (1840-1842).

Sarmiento partió a fines de 1840 al destierro, para salvar su vida amenazada por los federales, cuando en San Juan gobernaba Nazario Benavides en nombre de Juan Manuel de Rosas. Sarmiento ya había estado en Chile en cuatro oportunidades: su primer viaje fue como comerciante en 1827, estuvo exiliado por poco tiempo a principios de 1830, desde 1831 hasta 1836 y luego en el verano de 1840. El cuarto destierro en Chile, que está en la memoria de casi todos porque al pasar por los baños de Zonda, escribió, con carbón y dentro de una choza, On ne tue point les idées, se prolongó desde diciembre de 1840 hasta octubre de 1851 (interrumpido por el viaje a Europa, África, Estados Unidos y otros países de América, desde octubre de 1845 hasta febrero de 1848), y fue el período más fecundo y creativo de su vida.

Sarmiento llegó a Santiago, una ciudad todavía de aspecto colonial y con 70.000 habitantes, en los últimos días de 1840. Se instaló solo en una precaria habitación en los portales de Sierra Bella (hoy Portal Fernández Concha), frente a la Plaza de Armas. Allí lo visitó el escritor chileno José Victorino Lastarria y en otra oportunidad Rafael Minvielle, quien, como dice Sarmiento: ¨…acertó a encontrarme en un cuarto desmantelado debajo del portal, con una silla y dos cajones vacíos que me servían de cama¨ (III-149-1850) (2).

Sus escasos recursos lo obligaron a darse pronto una ocupación lucrativa. Así, tuvo un primer intento de ins­talar un colegio en Rancagua, pero desistió de esa idea y aceptó dar, desde enero de 1841, un curso en el colegio de los emigrados mendocinos Martín y José Zapata. Un aviso publicado el 27 de febrero de 1841, en el periódico El Mercurio de Valparaíso, nombra a Sarmiento como profesor de lectura y su nuevo método: ¨Este profesor posee un nuevo y excelente método de enseñar a leer, que va a plantear en el departamento de primeras letras de este colegio, por el cual sólo se requiere de ordinario tres meses de enseñanza¨.

Sarmiento, también continuó con su labor de periodista (había comenzado en 1839 cuando publicó El Zonda en San Juan). El 18 de enero de 1841, publicó su primer artículo en El Mercurio. Desconocido hasta ahora, porque lo firmó con el seudónimo de Pinganilla (nombre de un simpático mono de aspecto poco alineado de un circo que pasó entonces por Santiago). El relato se centra en un concierto de música que tuvo lugar el 29 de diciembre de 1840. Lo motivó a escribirlo una crítica de otro escritor publicada en El Araucano. Fue una provocación por parte de Sarmiento para iniciar una polémica.

El Mercu­rio de Valparaíso, fundado el 12 de septiembre de 1827 (por Pedro Félix Vicuña), perteneció, entre 1840 y hasta el 1 de septiembre de 1842, a Manuel Rivadeneyra, quién le ofre­ció a Sarmiento un puesto de editorialista remunerado, luego de la repercusión que tuvo su artículo sobre la batalla de Chacabuco, publicado el 12 de febrero de 1841. Sarmiento aceptó el desafió y escribió una gran cantidad de artículos sobre los más variados temas. Dejó El Mercu­rio en octubre de 1842, para pasar a escribir en El Progreso, un periódico fundado por él mismo.

Como periodista, Sarmiento siempre buscó la polémica, y entre 1841 y 1845 tuvo varias.

No obstante su rápida inserción en el vecino país, Sarmiento soñaba con volver a la Argentina. Reanimó sus esperanzas en la Coalición del Norte, en aquel momento encabeza­da por el general La Madrid, que se encaminaba hacia Cuyo para luchar contra los federales. Decidió volver, pero, al llegar a la sima de cordillera, Sarmiento se encontró con los restos del ejército de La Madrid que venían a refugiarse en Chile, derrotados en la batalla de Rodeo del Medio, el 24 de septiembre  de 1841. Sarmiento orga­nizó la ayuda a los fugitivos que llegaban fatigados, hambrientos y casi congelados. Entre los fugitivos, fueron salvados el actor porteño Juan Aurelio Casacuberta y el militar riojano Ángel Vicente Peñaloza. No obstante, cuando Sarmiento re­gresó a Santiago se topó con el rumor infundado que le imputaba mal manejo de los fondos reunidos para aquellos auxilios.

En enero de 1842, Sarmiento fue nombrado por Manuel Montt (Ministro de Justicia, Culto e Instrucción Pública), director de la Escuela Normal de Preceptores. Sarmiento lo recordó con orgullo: ¨Por entonces fui encargado de fundar la escuela normal de Chi­le, empleo honorífico y establecimiento fecundo en resultados; y si alguna vez hubiese de asignárseme, sin intenciones pérfidas, una profesión social, un oficio como el de médico, militar o abo­gado, sería el de educacionista…¨ (XV-157-1852). Fue ésta la primera institución formadora de maestros habilitados para desempeñarse en la docencia primaria en Hispanoamérica y tan sólo posterior en dos años a la de Massachussets, en los Estados Unidos.

Por entonces, su situación familiar se agravó. La violencia política desatada en San Juan llenó de temor a los miembros de su familia, a tal punto que se trasladaron a Chile. De tal modo, sus padres, tres de sus cuatro hermanas y su hija se instalaron en San Felipe de Aconcagua. Dos de sus hermanas abrieron allí una escuelita y Doña Paula siguió tejiendo, pero, todas estas actividades no dieron a la familia suficientes recursos económicos. Clemente seguía sin aportar mucho, esta vez porque se hallaba muy enfermo. Sarmiento le confesaba a Manuel Montt (quién ya era su amigo): ¨Creí por un tiempo en que mi familia, llegaría a bastarse por sí mísma en San Felipe; pero no ha sucedido así. Para colmo de contratiempo mi desgraciado padre sostiene una curación de año y medio ya, que cuanto más desesperada es, más onerosos son sus gastos; no siendo posible limitarlos porque la enfermedad es de muerte, y es preciso aluci­nar siquiera al paciente… ¿No podría Señor hacérme una anticipación de $1.000, de mis sueldos, dando para ello las fianzas necesarias? ¨ (3).

La polémica sobre la monja Zañartu

Sarmiento publicó en el El Progreso del 1 de diciembre de 1842 un comentario sobre la obra teatral Adel el Segrí, en la que actuaba una monja sin vocación mortificada por la clausura, donde mencionó a una monja llamada Zañartu, que según la tra­dición popular en Chile, fue recluida por su padre en un convento y allí murió de deses­peración. Esto es todo lo que dijo Sarmiento: ¨…Al año va la marquesa a visitar a la monjita, con el ánimo de hacerla profesar si no nombra al matador de su hermano. Regentaba por ese entonces el monasterio una santa abadesa muy mal vestida, pero a quien le palpitaba el corazón cuando oía hablar de amoríos; porque ella había entendido su poco de este dulce asunto en sus días juveniles, y la austeridad de la vida monástica no había curado su corazón de una pasión contrariada, pues era ella también una víctima de la autoridad paternal; era una monja Zañartu, maldiciendo día y noche la vida monástica y echando me­nos los goces del mundo¨ (II-47-1842).

Sarmiento dijo haber escuchado esta historia del clérigo José de Oro, quién residió en Chile a comienzos del siglo XIX.  Pero, sin saberlo, se refirió a María de los Dolores Zañartu (1763-1801). Su hermana mayor, Teresa de Jesús Rafaela (1761-1848), que aún vivía entonces, era monja también. Ambas hijas del Corregidor chileno Manuel Luis de Zañartu e Iriarte y parientes del clérigo Rafael Valentín Valdivieso Zañartu.

Manuel Luis de Zañartu (1723-1782) fue nombrado en 1762 Corregidor y Justicia Mayor de Santiago (ciudad capital del Reino). Recordado en Chile por sus importantes obras, entre ellas la construcción del puente de Cal y Canto sobre el río Mapocho. Otra de sus obras, a pedido de las religiosas Carmelitas del Carmen Alto, fue un convento en honor de la Virgen del Carmen y bajo el patrocinio del Arcángel San Rafael. El 23 de octubre de 1770 abrió sus puertas el convento de Carmen Bajo o San Rafael.

La esposa del Corregidor, María del Carmen Errázuriz y Madariaga, falleció poco después, en 1772, por lo que decidió que lo mejor para sus hijas sería tomar los hábitos. En 1780, sus dos hijas -de 19 y 17 años de edad- fueron trasladadas al convento de Carmen Bajo. La versión oficial de la historia habla de que su padre les señaló abruptamente el curso de sus tiernas vidas, para que fueran atendidas y formadas por las religiosas hasta llegar a la edad en que libremente pudieran optar por su vocación. Ambas declararon, en edad conveniente delante del Defensor de Menores (Martín de Ortúzar), ser su voluntad seguir la vida religiosa en el monasterio fundado por su señor padre y profesaron ambas los votos solemnes monásticos en 1787 (4).

El otro pariente de las monjas fue Rafael Valentín Valdivieso Zañartu (1804-1878). Valdivieso se tituló de abogado en 1825 y ocupó los siguientes cargos públicos: Defensor de Menores de Santiago, Miembro de la Ilustre Municipalidad de la Capital, Representante por Santiago ante la Cámara, Ministro Suplente de la Corte de Apelaciones de Santiago y Diputado por Santiago. Fue ordenado sacerdote en 1834 y fue misionero en Chiloé y en Atacama. Al crearse la Universidad de Chile ejerció como decano de la Facultad de Teología y fue fundador del Seminario Mayor de Santiago.

La polémica con Valdivieso

El clérigo Valdivieso mandó un comunicado a El Semanario de Santiago y fue publicado el día 22 de diciembre. Esto es parte de lo que escribió: ¨…se ha lanzado un tiro feroz y alevoso contra quien menos lo merecía ni pudo jamás provocarlo. Para hacer la pintura de la abadesa del monasterio que figura en la pieza, se le retrata como persona, que bajo el mal vestido encubría un corazón corrompido, que palpitaba el oír hablar de amoríos; porque en ellos había empleado sus días juveniles, sin que la austeridad de la vida monástica hubiese podido curarla de una pasión contrariada, que la hizo víctima de la autoridad paterna… Sea cual fuese el espíritu que haya movido al escritor, ora pretenda desahogar la vida religiosa, desacreditando a una de las personas más recomendables que la profesan, ora desahogar enconos, que no se concibe pueda haberlos causado una anciana octogenaria, que jamás ha pertenecido al mundo, lo cierto es que con dificultad pudo elegirse un objeto menos adecuado para sus fines. Por fortuna la religiosa Zañartu, aunque sepultada en el rincón del claustro, posee un nombre bien reconocido en Santiago, que basta por sí sólo para formar su mejor apología¨.

Sarmiento le contestó a Valdivieso en un artículo publicado en El Progreso el día 28 de diciembre (II-76-1842). ¨Nosotros no hemos tenido intención de herir a nadie, y si usamos de una compa­ración con una monja del país, es porque la voz pública, la tradición, en Santiago, en las provincias, en toda la República, sabe una historia horrible, espantosa, de la desesperación, de una monja Zañartu, para quien se solicitó del Papa una licencia para salir del convento, y la licencia vino de Roma y llegó, por desgracia, cuando la víctima había sucumbido; y todo el mundo cristiano sabe que no se conceden estas licencias en Roma sino de siglo en siglo, y en casos muy extraordinarios en que la severidad de las leyes monásticas tiene que ceder ante excepciones muy raras. No­sotros, pues, no hemos calumniado a nadie, como un varón piadoso nos lo imputa a sabiendas; hemos usado de un dicho vulgar¨.

Valdivieso publica otro artículo el día 12 de enero de 1843. ¨Los editores de El Progreso, después de provocar sin motivo, publicando especies falsas contra personas inocentes, que viven con edificación o descendieron con honor al sepulcro y cuyas cenizas habían hasta aquí reposado en paz en este lugar de respeto, no han podido tolerar que se les defienda; y para desahogar su saña, han descargado sobre mí en el número 41 de su periódico todos los furores de su animosa procacidad… A pesar de mi buena causa no me hallo en ánimo de aceptar el reto que me hacen los editores de El Progreso y si ellos miran esto como triunfo, consiento desde luego en que lo agreguen a los muy esclarecidos que deben ya adornar la hoja de sus servicios literarios. Mas, como cada cual pretende paliar con razones su cobardía, las mías consisten en la desigualdad de las armas para la pelea. No tengo vocación ni tiempo para escribir, ni una sola de las cualidades que deben adornar a un escritor de El Progreso. Me hallo muy distante de poder adquirir el denodado arrojo con que sus editores a fe del voto han de hacer respetar la prensa y la han de sacar tarde o temprano del fango de personalidades en que ha vivido siempre y hacerla útil para el progreso de las ideas y la mejora de las costumbres; según que con tan buen éxito han dado principio en el artículo que me ocupa y lo que es peor, si a poco andar de la polémica la amenaza de artículos pasaba a ser de balas, como medio adecuado para cortar disputas¨.

Sarmiento le responde el día 17 de enero, donde manifiesta que todo Santiago y sus periódicos se alzaron en su contra (II-78-1843). ¨Hace dos semanas que El Semanario nos está mandando al despedirse, andana­das de metralla que nos abren vías de agua por todas partes… Pero no hay remedio, la polémica está en su siete… Habíamos dicho en nuestra anterior contestación, que al hacer la comparación que ha dado lugar a tantos desagrados, habíamos obedecido irreflexivamente a un recuerdo tradicional… En cuanto a ofrecer balas, El Progreso no ha ofrecido nada a El Semanario…. Creemos haber llenado un deber que nos imponía la justicia y el deseo de evitar cuestiones que hieren sin motivo a personas que ningún mal nos han hecho. No sabemos si el autor del comunicado que contestamos aceptará la sinceridad de este procedimiento; nosotros reposamos en la sanidad de nuestro corazón. Que no se toque más este asunto¨.

Valdivieso acepta las disculpas y no respondió a este conciliador artículo de Sarmiento. Poco después, el día 9 de marzo (II-105-1843), Sarmiento publicó otro artículo mucho más amistoso, donde se refiere a Valdivieso, a los escritores de El Semanario, quienes más tarde pasarían a fundar La Revista Católica, con la cual Sarmiento luego entabló otras polémicas.

Godoy entra en la polémica

Domingo Santiago Godoy, quién conoció a Sarmiento en San Juan durante su estadía ejerciendo aquel como cónsul chileno, decía también ser pariente de la monja. Godoy tomó las riendas de la polémica contra Sarmiento, antes de que se retirase Valdivieso, a raíz de una conversación, en el bar La Bolsa, con Domingo Castro Calvo (amigo de Sarmiento). Godoy le dijo a Castro que Sarmiento había cometido asesinatos horribles en San Juan. Castro le llevó a Sarmiento la conversación.

El 10 de enero de  1843 apareció, en la pizarra del bar La Bolsa, el siguiente libelo: ¨Dos años hace que Domingo Santiago Godoy repite en Santiago que he cometido que sé yo que crímenes en mi país. Domingo Godoy miente como un miserable que es. Mi crimen para con este hombre consiste en haberlo apreciado en lo que vale, y haber venido a su país y ver confirmado mi sentir conociéndolo por un hombre insignificante. He herido su amor propio, el amor propio de un necio. Desde que me llama un asesino, hubiera podido confundirlo ante los tribunales de justicia si un agravio hecho a la honra de un caballero, pudiera satisfacerse ante la justicia. Le habría pedido satisfacción personal, sino supiese que es un cobarde, que me encontraría a mí un hombre muy despreciable para hacerme caso. Yo he podido cometer muchas imprudencias, pero jamás me he mancillado con un crimen. He podido ofender a algunos, pero nunca he hecho nada que me haga despreciable. Sarmiento¨.

Las difamaciones contra Sarmiento siguieron circulando en las tertulias de Santiago, por lo que el 25 de enero Sarmiento entabló una querella contra Godoy, en estos términos: ¨…hace cerca de dos años que ese hombre, sin provocación por mi parte ha tomado sobre sí el innoble encargo de desacreditarme en toda ocasión y con todo genero de personas sin economizar imputaciones, calumnias e improperios y cuanto su dañada intención, puede sugerirle para enajenarme el aprecio de los que le escuchan y presentarme como un malvado, un joven sin costumbres y tachado de crímenes atroces, hasta el extremo de ensuciarme no una vez sino constantemente como un ¡asesino!, reconocido por tal y ofreciendo a todo el mundo probarlo. …Debiendo por la alta posición que he tomado como director de la Escuela Normal, hacer alejar de mi persona toda imputación que tienda a degradarme y ensuciarme a los ojos de los alumnos cuya moralidad me esta encargada, por consideración a mi familia que me ha seguido en el destierro, por mis amigos, mis compatriotas y sobre todo por respeto al público y a la sociedad que me ha acogido en su seno y de la que he recibido tantas distinciones: He creído que no debo dejar pasar un momento sin tratar de poner freno a la maledicencia de este hombre, sujetándolos al rigor de las leyes. A este efecto ofrezco contundentemente los hechos referidos y pido al juzgado que dado en la parte que debe, se sirva librar mandamiento de prisión contra la persona de Godoy y embargo de sus bienes¨ (5).

Sarmiento ofreció cinco testigos, de cuales dos pueden considerarse sus amigos (Ramón Bari y Domingo Castro y Calvo), otro no tanto (José María Núñez) y los otros dos serían más cercanos a Godoy. Y aportó como prueba en el expediente un impreso de cinco hojas (que circulaban por los bares de Santiago) titulado Al Público, donde Godoy contesta el libelo de Sarmiento. Entre otras cosas decía: ¨Observaciones al libelo infamatorio del director de la Escuela Normal. …El detractor de monjas y ausentes llegó a la Bolsa a las ocho de la mañana, hora en que ordinariamente está sólo el establecimiento… diciéndole: ¨traigo un avisito¨. …Dos años hace que Domingo S. Godoy, repite en Santiago que he cometido que se yo que crímenes en mi país. Primera mentira. No hace dos años aún a que don Domingo Godoy está en Santiago; pero se dirá que hay equivocación: muy bien. Hace un año que Sarmiento visitó la casa de don Domingo y no sólo la visitó sino que se presentó en el palco de su señora en la comedia. …He herido su amor propio, el amor propio de un necio. El verdadero necio es aquel que invade brutalmente los fueros y respetos debidos a una sociedad ilustrada de donde toma el pan de cada día. El verdadero necio es aquel que a la edad de 36 años no ha aprendido a vivir entre gentes. El verdadero necio es aquel que ha podido en su vana fantasía tomar el desprecio por respeto, la indignación por estima y la tolerancia por consentimiento. ¿Ha podido imaginarse el imbécil y cobarde detractor que no hay en Chile buen sentido para juzgar de sus estúpidas y virulentas producciones de su inmoral conducta? …Le habría pedido una satisfacción personal sino supiese que es un cobarde, que me encontraría a mí un hombre muy despreciable para hacerme caso. Preguntamos al filósofo de San Pantaleón. ¿Qué hombre que busca el duelo desea encontrar en su antagonista en lugar de un cobarde un valiente? Volveremos a preguntarle ¿qué otro género de satisfacción puede apetecerse sino es la cobarde satisfacción del ofensor? ¿Es acaso la brutal pasión de asesinar la que busca el señor Sarmiento, o la reivindicación de su honor, ya por los medios buenos o malos que prescribe la ley de desafíos, ya por los tribunales de justicia? Concluye el señor Sarmiento: yo he podido cometer muchas imprudencias, pero jamás me he mancillado con un crimen. He podido ofender a algunos, pero nunca he hecho nada que me haga despreciable. En cuanto a su primera parte de este artículo del libelo, apelamos a los hombres de honor de todas las naciones para preguntarles, si está o no mancillado el señor Sarmiento en vista de lo que acabamos de exponer. En cuanto a la segunda. ¿Es esta por ventura la norma de moralidad y buenas costumbres que piensa imprimir este desgraciado en el corazón de la juventud chilena que está a su cargo? ¿Con qué habéis podido ofender impunemente? ¿Con que se puede ser matador, libelista, rufián, etc., sin hacerse por esto digno del desprecio de las gentes? Confesamos, que no comprendemos el sublime sistema moral de este nuevo Fenelon. No seria extraño que mañana le ocurriese fusilar diariamente el retrato del general Quiroga, como lo hacia en los Andes, colocándolo después en la puerta de la escuela que le fue confiada, según informes de personas fidedignas¨.

El 28 de enero Sarmiento imprimió otra hoja suelta titulada ¨VAYA UN FRESCO, para Don Domingo Godoy, que ha caminado tanto estos días¨ y la fijó en la pizarra de la Bolsa (6). ¨Me detendré un momento a explicar las circunstancias que han motivado la enemistad del señor don Domingo Godoy y el origen de esta prevención con que me persigue; porque aunque él diga lo que quiera, se le trasluce por sobre las ropas que me aborrece con todas las fuerzas de su alma, lo que es mucho decir, porque su fuerte es abo­rrecer. ¡Ha aborrecido a tantos en su vida! …San Juan es una ciudad de casuchas, una aldea, un po­bre pueblo. En este cuitado pueblo encontré, a mi regreso de Chile, al señor Godoy, con un carácter semi­oficial, de Cónsul o qué sé yo qué, con los barruntos de agente diplomático de primera categoría; con todo el alto tono y refinamiento de una capital; con sus aires de hom­bre de corte y con la pretensión de un galán de treinta años a lo sumo, para cuyo objeto se rasuraba mañana y tarde a fin de que no apareciesen ciertas porfiadas canas que habrían probado que era pollo que no se cocía de dos hervores.¡En la provincia todo pasa! Este mozo, como dicen por allí, hacía profesión de galantear muchachas, y solía tomar palco por temporadas en las costillas de una pobre niña, a quien susurraba amoríos. Era el señor Godoy el tipo de la galantería en aquella provincia, y aunque yo era un pobre diablo, ni más ni menos como él me pinta, visitamos por largo tiempo en una misma casa, y según él decía, con el mismo objeto, aunque yo no salgo garante de su verdad. Apenas me conocía cuando su acreditada tijera me dio una forma particular y me estampó una filiación que me venía de perlas y daba que reír grande­mente en mi ausencia, en la tertulia a que ambos asistía­mos. Yo tuve la indiscreción, ¡cuán caras me cuestan estas indiscreciones! de llamarle el galán emplasto, el viejo verde, el brazo izquierdo de Portales; y a esto se añadió para mayor confusión mía, decir que era un pobre tonto, muy dado a la chismografía y a los enredos, y sin duda alguna, palaciego de Santiago, porque había cosas muy singulares en su conducta y en sus expresiones … Este artículo lo he escrito sólo para él, porque sólo él lo entiende; sólo él sabe en qué está su mérito. …Desde mañana me contraeré al público a quien necesito dar a conocer varios antecedentes necesarios. ¡Pudiera que una vez no triunfe la calumnia de la verdad!¨.

En este último párrafo Sarmiento anuncia que empezaría a escribir Mi Defensa. Ese mismo día se ordenó la captura de Godoy. Luego Sarmiento, ante una supuesta denuncia de Godoy, pide la acumulación de las causas y ofrece ¨… fianza de cárcel segura y juzgado y sentenciado en la persona de Antonio Vial¨. Pero, ya había sido pedida su captura también, y fue encarcelado por las injurias de su libelo (del 10 de enero). Sarmiento nunca mencionó que estuvo en prisión por esta causa. El 16 de febrero Sarmiento pide que se lo excarcele.

Mientras tanto, el 7 de febrero, Godoy imprimió un pasquín que tituló: El Desmascarado, escrito especialmente contra Sarmiento, del cual se publicó solo un número, y fue uno de los escritos más despiadados contra el sanjuanino. Entre tantas cosas decía: ¨NACIONALISMO Y HOSPITALIDAD. Tontos hay, dicen algunos, que hacen entrar la nacionalidad en los más pueriles y ridículos sucesos. Camaleones hay, dicen otros, que la hacen servir a sus propios intereses. Y nosotros diremos que hay tontos y camaleones, pero que también hay muchos que la entienden en su verdadero sentido. Es una vergüenza muy cierta para un pueblo civilizado hacer causa común entre sus propios conciudadanos para deprimir el mérito, para ultrajar la persona para ayudarse entre sí contra el extranjero. El extranjero que por nuestras leyes no es el judío de los tiempos pasados, debe ser atendido y considerado como los mismos naturales, ojalá fuese posible que fuesen más. Indudables nos parecen las ventajas que reportaría a la patria de una conducta semejante. …Los emigrados argentinos buenos y malos ciudadanos como en todo pueblo y más malos que buenos como toda emigración, han comprometido al gobierno de Uruguay. Dueños de la prensa periódica, constantemente ocupados de venganzas, su único objeto fue promover la guerra por cuantos medios fuesen accesibles. Las publicaciones más cáusticas y exageradas, las cartas más mentirosas y seductoras, todo se pone en juego para hacer la guerra al G. de Buenos Aires. Cosa tan natural es ésta en todos los casos semejantes que nos parece que nadie lo ha de negar. La guerra se declara y el país se pierde. He aquí los efectos de la imprudente hospitalidad. ¿Cuál es, se nos dirá, la limitación que convendría poner a esta imperiosa necesidad, a este deber sagrado? Nuestra circunspección, nuestro recelo: con estas dos cualidades no nos expondríamos a ser sorprendidos a cada momento por la gente díscola y peligrosa, que bajo el velo de una erudicción fantástica, de una consagración fingida por el interés común, sólo ha pensado en hacer su fortuna particular. Tales díscolos comprometen a los gobiernos mintiendo y empeñando relaciones con sus enemigos; tales díscolos alteran la tranquilidad pública, siembran los odios entre los que mandan y los que obedecen; tales díscolos predican doctrinas perniciosas a la sociedad y cuando han sacado el provecho de sus maquinaciones van a país extranjero a reírse de sus crédulos e inocentes favorecedores. …Mas la hospitalidad tiene otras limitaciones: no sólo deben ser circunspectos los gobiernos para recibir huéspedes en su territorio, sino también para observarlos y tratarlos. Es absolutamente necesario saber la procedencia y causas que movieron al extranjero a aislarse en nuestra patria. Cuando el país de donde se emigra se haya contiguo al que se pide asilo, tanto mayores deben ser nuestras precauciones. Cuando el gobierno de cuyo país proceden está prevenido contra aquel en que son recibidos, ninguna escrupulosidad es demasiada. Mas ¿de qué modo deberán ser considerados los extranjeros? Excusado parece hacernos cargo de cuestión semejante. Los extranjeros en ningún país de la tierra tienen mejores derechos que los naturales. Hemos oido con asombro decir a algunos de nuestros compatriotas ¿qué se dirá? ¿Es un extranjero a quién se persigue? Preguntamos, ¿cómo se persigue a ese extranjero ante la ley? Pues se dirá que en Chile no se persigue al extranjero. Delatar un crímen, pedir un castigo no es perseguir y mucho menos cuando el crimen está confesado y preconizado por la parte. Si yo…dicen almas hipócritas, pero es un extranjero. ¿Y qué quiere decir todo esto? ¿Es acaso más que un ciudadano? Si es así, abandonemos nuestra patria para gozar de la impunidad en el extranjero. Es villanía? Villanía es echarla de generosos cuando se trata por una parte del honor del prójimo y por otra no de un extranjero como se quiera, sino de un extranjero que puede valer mucho y que puede recomendarnos a su vez para merecer algo de un extranjero también a quién hemos cobrado un poco de miedo por su procacidad y malediciencia. Sí, seguramente hay un nacionalismo casero que podría ser y que es la muestra de un pueblo bárbaro e inculto; mas hay también otro y es el que acabamos de definir, que no prueba barbarie, prueba algo más, degradación y miseria. Injusticia sería decir que en Chile se hubiese sentido jamás un modo tan bárbaro de entender el nacionalismo como se ha dicho en el segundo caso.

LOS BRUTOS. El Bruto o el chileno son sinónimos en el diccionario argentino unitario con que nos ha favorecido el Dr. Sarmiento. Así también hemos sido considerados por el partido confederal durante la guerra de Santa Cruz. Los brutos, los perros, los animales, he aquí lo epítetos honrosos con que nos han llamado siempre nuestros enemigos. Regístrense las publicaciones del libelista Sarmiento y se verá que la literatura chilena sólo dió principio a su llegada en el año 40.  Que los chilenos tienen la imaginación agarrotada, que los progresos en Chile son materiales, mientras en la República Argentina son intelectuales, en fin, tantas cosas que nos parecieran increíbles sino las viésemos escritas en letras de molde. Existe pues este Bruto y vamos a ocuparnos de las causas que han podido producirlo. Empezamos por analizar los caracteres peculiares de ambos pueblos, para deducir de allí nuestras propias consecuencias. Seremos tan imparciales como podamos y en caso de apartarnos de la verdad se nos perdonará fácilmente, pues que, para formar nuestro juicio acerca del pueblo argentino, no tenemos otro modelo a nuestra vista que el filósofo de San Pantaleón, consentido y aplaudido por la emigración argentina como el prototipo del saber transandino. El aspecto moral o carácter de un pueblo se deriba regularmente de la raza en primer lugar, de la nutrición y educación en segundo, lo que forma el temperamento peculiar del individuo: algunos creen que el clima tiene también su influencia particular en la modificación de los caracteres humanos. Consecuentes a estos principios reconocemos dos especies de temperantos a saber: el hepático-bilioso, prototipo de nuestros vecinos y el linfático, bajo cuya influencia nacemos los chilenos. La raza, ofrece bien pocas consideraciones para hacer nuestra desemejanza, pero no así la nutrición, la educación y el clima, que en nuestro concepto difiere sustancialmente del nuestro, creando los diferentes temperamentos que hemos señalado.  Las propiedades especiales de estos temperamentos son las siguientes: en el hepático reconocemos imaginación, fuerza instantánea, talento del momento, entusiasmo precario, inconsecuencia, crueldad, fascinamiento y poco juicio. En el línfático, que difiere casi totalmente encontramos las cualiadades opuestas: talento flojo, pesado pero seguro a la manera del paso de nuestros bueyes, imaginación agarrotada, pero sentimental y con tendencias humanitarias, ninguna especie de entusiasmo, ni fascinamiento, por el contrario mucho juicio, juicios superabundantes. He aquí aunque torpemente diseñados los caracteres particulares de ambos pueblos.

AVISOS. Don Domingo Faustino Sarmiento tiene una causa criminal pendiente ante los tribunales de Santiago, habiéndose constituido en estado de rebeldía por no haber obedecido a los llamamientos de la justicia ocultándose desde el día en que se le intimó decreto de prisión, se avisa a los interesados en la dirección de la Escuela Normal a fin de que puedan dirigirse al Supremo Gobierno solicitando que dicho empleo se dé a oposición, o como vieren convenirles. Como parece natural que se le nombre un sustituto durante la sustanciación de la causa, no dudamos que el Supremo Gobierno tome este arbitrio ahora a fin de no dejar acéfalo un establecimiento tan importante¨.

Como se lee en este último párrafo, a Godoy quería el puesto de Sarmiento como Director de la Escuela Normal.

En febrero de 1843 Sarmiento publica Mi Defensa en la imprenta El Progreso, en pliegos sueltos de 16 páginas y lo describe como un folleto (III-162-1850). Mi Defensa (pocas veces editado de manera completa) cuenta con un pequeño acápite acerca de generalidades sobre la calumnia y seis partes: Introducción; Mi infancia; El militar y el hombre de partido; El hijo, el hermano y el amigo; El escritor en Chile y El libelo.

Fin de la polémica

En los últimos días de febrero de 1843 Sarmiento viaja por el fin de semana a Peñaflor, un lugar a las afueras de Santiago. Escribe un artículo sobre este viaje donde recuerda la gesta patria de Chacabuco y vuelve a mencionar a Godoy. ¨Es lo que quiero, hoy que están tan en moda las vindicaciones. Apenas una per­sona despliega el labio en bien o en mal, ¡zas!, una pregunta y luego una carga de papeles al público. El Descarado y lo llamo así por lo difícil que es pronunciar Desmascarado, es el más colosal en esta industria; su escritor, que además de ser hombre, debe ser muy racional y de talento, da mucho honor al país; en algunas cosas, es verdad, nos deja a ciegas, pero en otras, es más claro que un verdulero. Es inagotable en sus producciones, tanto que antes de escribir un número, lo espeta entero in prima facie a sus amigos. Luego de aquí sale el coro; es decir un ejemplar hombre, también hay periódicos hombres, que se va repitiendo de pe a pa; o más bien se va multiplicando en nuevas o añadidas ediciones¨ (II-99-1843).

El día 16 de febrero el juez, junta a las partes y les propone un arreglo, nombrando a un representante por cada parte (Vicente López y Manuel Carvallo) y a un árbitro para que medie y dictamine un laudo (SVG-282 vuelta). Ambas partes expresaron su disconformidad a las propuestas el día 9 de marzo de 1843. Esas son las últimas hojas del expediente, que están en el Archivo Nacional de Chile, por lo que no podemos determinar el final. William Bunkley dice que la ley castigó a Godoy, mientras que Ricardo Rojas dice que: ¨inter­vinieron terceros para que la gresca cesara, lográndose que Sarmiento desistiera de su querella y Godoy abandonara su in­tento de desacreditarlo¨ (7).

Sarmiento recordó la polémica en 1850. ¨¡Qué lucha aquella, tan obstinada y tan cruenta! El patriotismo exclusivo era una hidra que asomaba diez cabezas nuevas, cuando yo creía haberle cegado y que­mado otras tantas. A cada paso se personificaba con nuevos atributos. En El Desmascarado, se reunió en mi daño todo lo que hay de encono en el corazón del hombre; la calumnia confesada, el tizne, el barro, la inmundicia arrojada al rostro como armas dignas de combate. El Desmascarado quedó ahí, yo seguí adelante, y dos autores de aquella producción, hoy que las pasiones que los extraviaron se han cal­mado, dirán si El Desmascarado me dañó efectivamente, y si la posición social de ellos mejoró en un ápice. Uno de ellos estaba entonces en vísperas de ser nombrado intendente, y el otro gozó de la fama de escritor, hasta la aparición del Diario de Santiago que tantas infamias publicó contra mí. Es la detracción arma de dos filos envenenados, y cada golpe que descarga, hiere de rechazo la mano del que la mane­ja, y la herida supura largos años y arroja mal olor. Aquellos dos hombres están borrados de la lista de los hombres públicos, sin que sea fácil que en adelante se restablezcan de su caída, a que yo no he contribuido por ataque personal ninguno. …De aquellas luchas nada ha quedado tangible, y los escritos que las motivaron, se harán cada día que pasa más insignificantes, porque ésa es la condición del progreso humano. Lo que está al principio es imperfecto, mirado desde más adelante, cuando aquellas ideas han pasado al sentido común, y nuevos escritores más bien preparados han dejado atrás a los que no hicieron más que trazar el camino. Pero desde 1841, la prensa de Chile fue adquiriendo en el Pacífico mayor reputación, y Chile ganó mucho en ello, por la vivacidad de su polémica y por el combate de las ideas que trajeron todos a la discusión¨ (III-155-1850).

Más tarde, el 31 de diciembre de 1854, Godoy tuvo que abandonar Santiago al cometer un atentado contra José Pardo (encargado de negocios del Perú) y la redacción de El Mercurio, en la que colaboraba junto con su hermano Pedro (apodado el Rebujón). Gregorio Beéche le contaba estos sucesos a Juan María Gutiérrez, agregando: ¨El pillo de (Santiago) Godoy escribe contra todo aquel que no le da monedas. Así lo hacía con Pardo quien le tapaba la boca con onzas por que no escribiese contra (José Rufino) Echenique, hasta que se aburrió y resultaron enemigos¨ (8).

La última vez que Sarmiento escribió sobre Godoy fue en 1874, como Presidente de la República Argentina: ¨ Un don Domingo Godoy, ex cónsul de San Juan y por su ruina nombrado intendente de Aconcagua, cedió a la tentación del orgullo nacional, calumniando a quien había en efecto conocido pobre en San Juan; pero no oscuro, pues era fundador de un diario, de un colegio, de un teatro y era el Factotum della cittá. Godoy fue desnombrado de intendente; y quince años después, su pretendido enemigo ha tenido que volver la cara a un lado, de dolor, al recibir un medio de plata que a Sarmiento devolvía del cambio de una peseta. ¡Era dependiente del correo en su propio país!¨ (LII-230-1874).

La verdad puso a cada uno en su lugar.

Notas

(1) Prieto, Adolfo, La Literatura Autobiográfica Argentina, Buenos Aires, Eudeba, 2003, pág. 57.

(2)  Domingo Faustino Sarmiento, Obras Completas, Tomo III, Buenos Aires, Edición Universidad de La Matanza, 2001, pág. 147. En adelante solo (III-147-1850).

(3) Vergara Quiroz, Sergio, Manuel Montt y Domingo F. Sarmiento: Epistolario 1833-1888, Santiago de Chile, Lom, 1999, pág. 53.

(4) El escritor chileno Sady Zañartu Bustos (1893-1983), retomó la historia de la monja encerrada, en la novela La sombra del Corregidor, publicada en 1927.

(5) ¨Domingo F. Sarmiento vs. Domingo Santiago Godoy¨, Archivo Nacional de Santiago de Chile, Archivos Varios, N° 318, pieza 3 A, pág. 269.

(6) Sarmiento, Domingo F., Obras Completas, Tomo III, Buenos Aires, 1913, págs. 29.

(7)Bunkley, Allison W., Vida De Sarmiento, Buenos Aires, Eudeba, 1966, pág. 142. Rojas, Ricardo, El Profeta de la Pampa, Buenos Aires, Losada, 1947, pág. 174.

(8) Moglia, Raúl J. y García, Miguel O., Archivo del Doctor Juan María Gutiérrez, Epistolario, Tomo III, Buenos Aires, Biblioteca del Congreso de la Nación, 1981, pág. 140.

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